Cataluña, ante una fase abierta



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Cataluna ante una fase abierta

Las elecciones autonómicas catalanas dejaron un escenario muy abierto para el gobierno de la Generalitat. Asignan el triunfo como primer partido a los socialistas del PSC (PSC-PSOE), tanto en el voto popular como en los escaños, en esta última escala en pie de igualdad con Esquerra Republicana. Se impuso la candidatura del exministro de Salud, Salvador Illa, pero en un contexto en el que el independentismo ha reforzado su mayoría en los escaños del Parlamento. Pese a la difícil perspectiva de alcanzar la mayoría en el gobierno, el exconsejero de Sanidad anunció a medianoche su intención de presentarse en la toma de posesión como futuro presidente de la Generalitat. Así evitó el error pasado de Inés Arrimadas, quien como líder triunfante de Ciudadanos en 2017 evitó los difíciles desafíos asociados a su victoria en un escenario hostil efervescente. Resistió así el veto anunciado y firmado en la fase final de la campaña -en documento sectario y exclusivo- por los grupos independentistas.

El segundo puesto obtenido por Esquerra, aunque con una ligera ventaja sobre Junts para Catalunya, cambia el equilibrio en el independentismo. Permite a los republicanos revertir su tradicional sumisión al nacionalismo conservador más corrupto, así como liderar el intento de los separatistas de mantener el gobierno, en detrimento de los junts, el grupo heterogéneo más partidario de una secesión unilateral, formado por ex El presidente Carles Puigdemont y la rival Laura Borràs. La votación confirma la resistencia de las creencias secesionistas en la sociedad catalana. Pero el alarde de haber superado el 50% del voto popular como posible coartada para intentar legitimar otra operación ilegal y disruptiva se limita ante la disminución de unos 25 puntos de participación. De modo que tratar de avanzar hacia una declaración unilateral de independencia con el apoyo de menos de un tercio del censo sería, además de ilegal, una tontería en todos los aspectos. Cataluña necesita alejarse de esa perspectiva unilateral aventurera. El modelo de gobierno bipartito de Junts-Esquerra, simbolizado en el mandato recién olvidado de Quim Torra, se ha dotado de toda la parálisis y esterilidad de que era capaz. La necesidad de acudir al apoyo de los anticapitalistas de la CUP para rearmarla, con el fin de mantener posiciones de poder, no lo permitiría por sí mismo ni más estabilidad ni mayor coherencia.

Pero las escasas posibilidades de los socialistas de ganar alianzas y las expectativas vacías de sus dos principales rivales de ofrecer un nuevo modelo de gestión no desacreditan las operaciones legítimas de intentar forjar un nuevo tipo de ejecutivo. Abrir una nueva era más positiva para Cataluña, que sirva para superar la parálisis gubernamental, el deterioro institucional y su declive económico. En este sentido, sería conveniente iniciar una fase de reflexión que calme el impulso de la campaña y replantee todas las posibilidades.

Del presupuesto del 14-F destaca un elemento particularmente irritante para la democracia liberal y el escenario político español más globalizado. No es otro que el ascenso de la extrema derecha populista de Vox, y la consecuente derrota, en términos abrumadores, de la derecha conservadora (PP) y liberal (Ciudadanos). Pero no es fundamental concluir que esta ecuación se ha vuelto sistémica. No hay forma. Todo indica que se llevó a cabo una votación táctica, asumiendo que la oposición dura, incluso de manera intolerante, era la receta más efectiva para contrarrestar la insurrección secesionista. Sin embargo, esto tendrá repercusiones nacionales.

Los ciudadanos han hablado. Ahora les toca a las partes encontrar una fórmula de gobernanza. Es evidente que la fase anterior produjo resultados desastrosos. Es de esperar que se extraigan las consecuencias necesarias en interés de la ciudadanía catalana.