Dos españoles: Nadal y ERE



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Casi al mismo tiempo me enteré de la inesperada muerte de Francisco Javier Guerrero Benítez, uno de los principales condenados en el caso ERE, planteó su decimotercero Roland Garros Rafael Nadal Parera. Ambos son una manifestación de dos españoles. Uno es el del mérito, la habilidad, la voluntad de ser, la nobleza y el juego limpio. La otra, la del favoritismo, de la espina, de la miseria moral y del mamoneo, la del desprecio de los ciudadanos por el celo partidista.

No creo creer que Guerrero sea el gran protagonista de esa España despreciable, al menos para mí. No. Guerrero fue víctima, no inocente, ni eso, de una cultura política y moral, o mejor dicho, de una generación degenerada como Joaquín Miranda, el banderillero de Juan Belmonte, quien en su ascendencia moral se convirtió en gobernador civil de Huelva. Guerrero, como los pobres José Enrique Rosendo, que también murió prematuramente, ha sido la herramienta de un PSOE gravemente perverso en Andalucía desde 1982.

En España y Andalucía de ese PSOE, el mérito personal no podía competir con la calidad de ser miembro del partido. La capacidad demostrada, intelectual o técnica, no pudo superar el poder de la oligarquía partidista. La voluntad de ser una persona individualmente distinguible no podía vencer la obediencia al ente colectivo, abstracto y determinante del partido. La nobleza de la conducta personal siempre fue derrotada por la mezquindad de la consigna política despiadada y amoral. El juego limpio de algunos competidores en una competencia clara y justa ha sido enterrado por la cobardía del juego político concebido como algo ajeno a la decencia.

Francisco Javier Guerrero fue gerente general de trabajo en el ministerio de trabajo y asuntos sociales u otros nombres cuando Manuel Chaves fue presidente de la Junta de Andalucía e Gaspar Zarrías era su mano derecha. ¿Alguien puede creer que firmó la tonelada de ERE que firmó contra el «fondo reptil» del Ayuntamiento, como él mismo lo bautizó, sin el consentimiento de su autoridad política única y la de sus posteriores cómplices en el organigrama de la mesa? ? Es imposible, casi lo dijo, pero se quedó callado y callado. Es una pena.

Guerrero había sido alcalde de El Pedroso, la célebre ciudad sevillana de la Sierra Norte beneficiada por obvias razones electorales con una lluvia de millones de euros del erario público derivada del procedimiento ilegal ERE. Desde esa atalaya municipal construyó su propia barra de poder, haciendo de sus amigos de la ciudad, Los Rosendo, padre e hijo, fuertes y ricos por supuesto, del aparato del PSOE de toda la vida, sirvientes del patrón José Caballos.

Antes de su muerte, tuve una reunión con mi excolega periodista. José Enrique Rosendo, que se hizo millonario con dinero público ERE en un instante. Me contó y me contó tantas historias discográficas durante tantas horas que no pudo resistir la embestida del brandy -y esto se puede ver en los anales del restaurante Becerra de Sevilla, en via Saragozza- y casi se queda dormido en la lona del alcohol. Pero le prometí silencio y lo respeté. Algunos me pondrán feo, pero ¿qué puedes hacer? Soy un vendedor de periódicos moral de la vieja escuela.

No tuve intimidad con Guerrero. Pero supe desde el principio que él era uno de los chivos expiatorios perfectos para esta historia. No era inocente, pero nunca quiso ser el soplón. Él podría tener. Si eso hubiera sucedido, realmente hubiéramos sabido qué era el caso ERE y quiénes eran sus verdaderos protagonistas, algunos de los cuales lograron escapar del lazo de una sentencia.

Solo quería gritar una vez que era solo una herramienta no esencial, pero no le permitían prosperar de esa manera. Finalmente, se vio obligado (familia, futuro) a inclinarse ante el gigantesco poder de una parte corrupta hasta la médula del que él mismo era un actor voluntario y responsable.

No hay muerte que me haga feliz. Pero eso de Francisco Javier Guerrero duele especialmente. Ciertamente, en algunas de las tensiones que provocaron su infarto, yo tenía un papel, no una responsabilidad. Con su desaparición, se disuelve una de las últimas posibilidades de que alguien, en algún momento, bajo alguna circunstancia, hubiera tirado de la manta. Si alguien podía hacerlo, era él. Otros permanecen, pero no con tanta osadía ni tanta capacidad de rebelarse.

Descansa en paz, a pesar del daño que has causado a la nación española, Andalucía y la decencia democrática. Con suerte, su familia algún día decidirá contar lo que nunca pudieron. Al menos hoy tenemos a Rafael Nadal, como el 13 de Roland Garros, como siempre, símbolo de otra España que es posible si la queremos.

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