En ausencia de un final, hay una selección



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Pedro intenta atrapar la pelota contra Chiellini.
Pedro intenta atrapar la pelota contra Chiellini.CARL RECINE / AFP

El instinto competitivo de España se extinguió en una desafortunada ronda de penales, la misma suerte que llevó a las semifinales, vencida por el hechizo de Italia en el templo de Wembley. No podía haber un escenario más desafiante ni rival y la respuesta fue admirable mientras el balón estaba en juego: España no era un equipo sino una selección, como corresponde a un europeo, superior a Italia. A balón parado, sin embargo, se rindió tras avanzar con determinación y compromiso, de largo en largo, sin otro gol que el título que se disputará el domingo en el mítico estadio londinense. No fue solo un ejercicio de supervivencia, sino que con el tiempo fue forjando una personalidad inconfundible basada en el personaje de Luis Enrique y el talento de Pedri. Sin embargo, no fue suficiente volver a Wembley. Los dioses están con Italia: 33 partidos sin derrota, 28 victorias, irreductible con Mancini.

Ambos equipos reclamaron la posesión y España tomó el balón de Italia. La Azur Necesita que ella imponga su ritmo y su alegría porque dejó de correr por sistema, y ​​durante mucho tiempo no dejó de perseguir a los chicos de Lucho. No lo necesita para ganar porque le parece más consistente y efectivo que España. El equipo de Luis Enrique es muy fino y ordenado, solidario alrededor de la piel y también más suave en las zonas, aunque está bien orientado alrededor de Busquets. Italia fue subyugada por un paciente rondo español que les impidió atacar y retroceder rápidamente, siendo ágiles y atrevidos, respondiendo a la condición de un equipo ambicioso que quiere recuperar el tiempo perdido, obligado a defenderse de España.

Aunque la racha de resultados le dio confianza y la empujó a ir en busca de la puerta contraria, agresiva y al mismo tiempo confiable, Italia no tuvo más remedio que confiar en la fuerza de sus centrales y en las buenas costumbres de Donnarumma. Las opciones de España pasaron precisamente a generar dudas en la defensa de Mancini y Luis Enrique sacó un ariete firme como Morata. Apostó por Oyarzabal ante Gerard Moreno. No quiso improvisar pero en cada partido intervino para sorprender a su rival, interesado en tener el balón y generar situaciones de superioridad en torno a Bonucci y Chiellini. Ni Verratti ni Jorginho ni Barella entran en juego y el ataque de Italia se reduce a esperar a que el error lance su vertiginoso paso hacia la Unai.

El gol de Chiesa confirmó tanto el juego directo de Italia como la falta de cintura de España. El balón viajó en tres pases de puerta a portería, de la mano de Donnarumma a los pies de Chiesa, a la red después de que Laporte y Eric no lograran mediar con éxito. A diferencia de los españoles, los italianos no necesitan masticar el juego ni anestesiar al rival para marcar un gol, son más selectivos y precisos en el manejo y aprovechamiento de las oportunidades, como se ve en el gol: el éxito de Chiesa se opone a la locura por Oyarzabal cuando se desencadenó el partido, un mal negocio para España si los cambios de Luis Enrique no mediaron.

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Acostumbrada a la adversidad y jugando contra corriente, mentalmente fuerte, España se corrigió con los cambios y encontró el gol en una acción tan bien concebida por Laporte y Dani Olmo como la definieron Morata, los tres visionarios, imposible de defender para Chiellini- dupla Bonucci . El arrebato español distorsiona definitivamente a Italia, desmoralizada por haber concedido el gol de Morata, como si no hubiera entrado en el guión de un partido complicado por las sustituciones de Mancini.

El final del partido y la prórroga certificaron la jerarquía del equipo de Luis Enrique hasta que los jugadores fueron derrotados y Pedri, ya sin Busi, falló su primer pase (m.110). Ahora solo tiene fuerzas para llorar -como en 1996- e Italia, aliviada y vengativa por el disparo de Cesc en 2008, se redimió de la desesperación de España.

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