España, de luto



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No nos perdamos en la letra pequeña. La conclusión es que independencia ganada -más porcentaje y más escaños- y que el voto constitucional se ha extendido como un puñado de arena en una tormenta. Muchos de los que votaron hace cuatro años Los ciudadanos, con la ilusión de construir una presa que contuviera la marea de procesada, se refugió en PSC por puro utilitarismo. Ellos piensan que si Illa Es la mejor opción, o la menos mala, para detener los pies de los invitados de la estrella. El rayo que nunca se detiene. El error es capital.

Muchos de estos votantes han sido claros en el torbellino del 1-O que el PSC, es decir, el socialismo catalán, como el del resto de España, había sido un molusco sin sentido, como Rajoy– cuando se trata de afrontar el reto de la independencia. Y a partir de entonces, algo peor: se convirtió en su cómplice. El pago al ERC por su adhesión a la moción de censura es de dominio público. Se instaló una mesa de diálogo en pie de igualdad entre el todo y la parte, España y Cataluña, y se asumió el compromiso de hablar de todo. También el derecho a decidir, que es un eufemismo que significa exactamente lo mismo que autodeterminación. Tras las condenas del Tribunal Supremo, que envió a la sedición al limbo de los sueños oníricos, los socialistas acordaron sumar la amnistía al catálogo de discusión bilateral. Al parecer, el hecho de que ni la autodeterminación ni la amnistía tengan rango constitucional es algo que el socialismo no considera motivo de refutación suficiente para excluirlos del diálogo.

¿Cómo se puede esperar que un partido que se comporta de esta manera sea la barricada que contiene la segunda ola de procesada? ¿Y cómo explica que tantos electores que en 2017 ya estaban al final de su desconfianza hayan decidido ahora confiarle la defensa de la nación? Con 26 puntos menos participación —Algo que daña mucho los intereses de las opciones constitucionales—, la CPS obtuvo el 23 por ciento de los votos. 2 puntos menos de lo que logró Ciudadanos hace cuatro años. Como entonces, su victoria se convierte en testimonio.

Si el partido de Acercarse, mucho menos galleta que Illa cuando se trata de tener un trato rígido con el Indepes, ha sido un jarrón chino durante esta legislatura, ¿por qué el PSC debería hacer más uso de su condición de ganador minoritario? ¡Qué grande debe ser el sentimiento de orfanato de los constitucionalistas catalanes tanto que, a pesar de todo, muchos de ellos han decidido apoyar esa apuesta!

Muchos otros, menos optimistas, han decidido emigrar de Ciudadanos a Vox. La fuerza de Abascal obtuvo el 7,6% de los votos y 11 escaños. Cuarta fuerza. No solo sorprendido al PP, pero también a Ciudadanos, Podemos y la Copa. El ascenso de los abascalistas tiene sentido. Su discurso es enérgico y proyecta la fuerza buscada por los electores que se sumaron al proyecto Arrimadas antes de quedar decepcionados por su inacción. Pero el hecho de que este nutrido grupo de desencantados prefiriera centrarse en Vox en lugar de PP me parece uno de los hechos más significativos, si extrapolamos los resultados a nivel nacional, de estas elecciones.

Casado no logró mejorar la imagen decadente y anémica del partido que heredó de Rajoy. De hecho, los récords de 2017 empeoraron: 3,8% – medio punto menos – y 3 plazas. Uno menos que el de García Albiol obtenido en la peor colección popular de todos los tiempos. El objetivo de Casado de revitalizar el principal partido de derecha, de darle fuerza ideológica tras la desecación rajoyista, de hacerlo aparecer a los ojos de la ciudadanía como una herramienta útil para contrarrestar la amenaza que pesa sobre la idea de España, se ha vuelto en un fracaso. En gran fracaso.

Y esto es lo desolador. Los dos partidos que se han movido al centro del espectro ideológico, PP y Ciudadanos, salen como papilla de esta competencia. Ese espacio de moderación ahora está casi deshabitado y abre el camino a la tensión de la carrera entre posiciones extremas. El PSOE, mientras tenga a Sánchez como líder y Podemos como socio, no podrá arrastrar el voto de lo que Iván Redondo suele llamar «la mayoría cautelosa». Y menos en vista del papel que tendrá que ocupar Illa a partir de mañana.

La victoria de ERC, que finalmente se impuso a Junts en las gradas de campaña electoral, abre solo dos expectativas de gobierno en Cataluña: la reedición del bipartidista independentista, el intercambio de roles, o una loca aventura unicolor de los republicanos, con apoyo externo de PSC y En Comú Podem. Los tres juntos suman 74 escaños, 6 más que la mayoría absoluta. En ambos casos, Illa está condenada a servir de fregadero a Junqueras. En el primer caso, para que la estabilidad parlamentaria de Sánchez no pierda un socio imprescindible. Y en el segundo, por razones obvias. A día de hoy, el constitucionalismo ha quedado huérfano en Parlamento. España está de luto.

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