La droga que atacó al Génesis



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El 6 de mayo de 1870, más de 100.000 escoceses llenaron las calles de Edimburgo cuando pasó la procesión fúnebre de uno de sus hombres más ilustres: James y Simpson (1811-1870). Su muerte reunió a todo tipo de personas, desde hombres hasta mujeres, desde niños hasta ancianos. En la mayoría de ellos había un denominador común: se habían operado sin sufrir ningún dolor.

Simpson había sido un científico innovador y versátil. A los veinte años se licenció en Medicina y desde entonces su mayor obsesión ha sido poner fin al sufrimiento de las mujeres en trabajo de parto.

No pasó mucho tiempo para desarrollar un sistema de extracción por vacío, que habría sido el precursor de la ventosa obstétrica, y más tarde una herramienta, en forma de fórceps, que se utilizó para extraer al feto en partes complicadas. Alicates Simpson.

Más tarde recurriría al sepsis puerperal, una infección grave que puede afectar tanto a mujeres como a recién nacidos, poniendo en riesgo su vida. Por último, me gustaría abordar un tema tabú: el dolor que han sufrido las mujeres durante el parto.

En la sociedad victoriana hubo una terrible controversia porque gran parte de la población estaba a favor de las mujeres dolorosas en el trabajo de parto, ya que lo contrario fue considerado contra la naturaleza y violó la voluntad divina, expresada en el Génesis.

La droga que puso al mundo patas arriba

En la historia de la anestesia, el primer compuesto que apareció fue el óxido nitroso, seguido del éter. Este último presentaba algunos problemas insuperables, como el de una administración difícil, inflamable y, no pocas veces, provocaba efectos secundarios intolerables a los pacientes.

El tercer anestésico fue cloroformo. Para 1831, sus efectos en animales de laboratorio estaban más que probados, pero no se había probado en humanos, por temor a que pudieran ocurrir efectos nocivos.

La experiencia en conejos expuestos a vapores de cloroformo había mostrado una serie de singularidades que lo hacían especialmente atractivo, por un lado su velocidad de acción y, por otro, que los animales se despertaban sin efectos secundarios aparentes.

Ahora es el momento de experimentar con humanos. El escocés inicialmente lo probó con dos de sus amigos científicos, George Keith y James M Duncan, y en sí mismo. Para ello organizó una fiesta ‘olfativa’ en su casa. El experimento tuvo lugar el 4 de noviembre de 1847, luego de inhalarlo, los tres perdieron el conocimiento, despertando horas después.

Cuando Simpson desapareció el efecto, pronunció unas palabras que quedaron para la posteridad: «esto es mucho más fuerte y mejor que el éter (…) pondrá el mundo patas arriba».

De la anestesia al príncipe Leopoldo

Luego de ver que no presentaba efectos secundarios graves, decidieron administrarlo a un paciente, el elegido fue Petrie, Nieta de Simpson, que estaba embarazada. El éxito fue rotundo y Simpson logró persuadir a su madre para que bautizara al bebé con el nombre de Anestesia, del griego aniesthesia, que significa insensibilidad.

En menos de un mes ya se había administrado con éxito cloroformo a cincuenta pacientes con distintas indicaciones quirúrgicas. El lema de Simpson era: «Un hombre tendido en la mesa de operaciones en uno de nuestros hospitales quirúrgicos tiene más probabilidades de morir que un soldado inglés en el campo de batalla de Waterloo».

Desafortunadamente, como cualquier fármaco, el cloroformo también tiene sus riesgos. En 1848 murió una joven, Hannah verde, después de la administración inapropiada de cloroformo cuando estaba a punto de que le quitaran una uña.

Fue entonces cuando los detractores se animaron, acompañados de opositores religiosos que argumentaron que era un acto impío que violaba las Sagradas Escrituras. Algunos y otros llamaron al cloroformo «artificial». A lo que Simpson respondió «como trenes, vagones y barcos de vapor».

En 1853 la controversia remitió cuando el Reina Victoria recibió cloroformo durante el parto de su hijo Leopoldo. Después de dar a luz, Su Majestad declaró con una sonrisa que estaba «muy complacida con el efecto del cloroformo».

Los jardines de Princes Street, en Edimburgo, están dominados por una estatua de bronce de James y Simpson con las palabras «pionero de la anestesia». Más que merecido.

M. Jara
M. Jara

Pedro Gargantilla es internista en el Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de numerosos libros de divulgación.

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