Las piernas de Irlanda están temblando



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Desde 2003, Irlanda lanzado a una carrera hacia el fondo en impuesto de sociedades, transformada en el principal motor del crecimiento de su economía, a costa de jibarizar los ingresos de sus socios -sí, socios- en la zona euro.

Con una práctica clara de ‘dumping fiscal’, dentro de un proceso de digitalización de la economía como el actual, Irlanda ha logrado conquistar la sede europea de las principales multinacionales en medio de un impuesto de sociedades de solo el 12,5%, que se acerca al 0% en acuerdos como el de Apple. Frente a esto, en España y en el promedio de los países desarrollados prevalece una tasa nominal del 25%. La país del trébol Durante años ha ignorado las solicitudes del resto de sus socios europeos de volver al terreno de la competencia leal. Los mecanismos de gobernanza de la UE ayudan al país celta: no unanimidad no es posible cambiar las reglas fiscales en la zona del euro y todo intento de armonización encuentra un «no» por parte de Dublín.

Con su política fiscal, Dublín no solo ha robado ingresos millonarios a sus socios. También animó a un carrera loca hacia el fondo el impuesto de sociedades en los países desarrollados, donde el impuesto de sociedades no ha dejado de perder un peso que se ha desplazado hacia la renta y el consumo de los hogares. Según la OCDE, el impuesto sobre sociedades se ha reducido en más de una cuarta parte desde 2000.

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Las piernas de Irlanda están temblando ahora. El apoyo de Estados Unidos al trabajo de la OCDE para establecer una imposición mínima para las multinacionales en todo el mundo y para que al menos una parte del impuesto corporativo se pague en los países donde se obtiene el negocio (y no solo en el lugar donde se encuentra) puede sacudir la estrategia injusta de Irlanda. Si un solo país decide aplicar un impuesto adicional sobre las ganancias obtenidas en su territorio, se enfrenta a un perno de la inversión extranjera. La cuestión cambia si la inmensa mayoría accede a aplicar un impuesto directo a las empresas obtenidas en sus respectivos territorios por las multinacionales tecnológicas. Y si es así, la ventaja comparativa que ha ganado en los últimos años a expensas de sus socios se desvanecerá. No es de extrañar que su ministro de finanzas, Pasquale Donohoe, en ese momento presidente del Eurogrupo, expresó sus «reservas» sobre el daño que esto podría ocasionar a la competitividad de la economía. Suyo, por supuesto.

(Juego de palabras posible: sustituir Irlanda por Madrid; zona euro, por España; corporación, por herencia, patrimonio o impuesto sobre la renta personal, y Donohoe por Isabel Ayuso).

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