Paavo Nurmi: la leyenda del finlandés volador



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En los 10.000 metros de Amsterdam consiguió su noveno y último oro olímpico, cerrando así un círculo dorado.

Paavo Nurmi (797), entre Ritola y Wide durante la final de 10.000 en Amsterdam 1928.
Paavo Nurmi (797), entre Ritola y Wide durante la final de 10.000 en Amsterdam 1928.GETTY

El 29 de julio de 1928 obtuvo Paavo Nurmi, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam, su novena y última medalla de oro. Fue en los 10.000 metros, la distancia en la que, en Amberes ’20, había obtenido el primero. Se cerró así un círculo de oro de diversas carreras en pista y, en el programa olímpico de la época, de campo traviesa, dentro del cual también se premiaban tres platas como recompensas menores.

Nurmi, con 30: 18.8, récord olímpico, no estaba lejos de su récord mundial (30.06.2) y estaba por delante de VilhoVillas Ritola (30: 19.4), campeón en París cuatro años antes, en una prueba en la que Tolva Loukolaola, séptimo y Kalle matilainen, octavo, han certificado la supremacía de Finlandia en esa y otras distancias. Eran los tiempos de los finlandeses voladores, que había tenido en Johan Hannes Kolehmainen, albañil vegetariano, doble campeón en 5.000 y 10.000 en Estocolmo’12 e ídolo de Nurmi, glorioso antecesor.

Otros nombres finlandeses ayudan a abarrotar el fondo global en el burbujeante período de entreguerras: Heikki limatainen, Albin stenroos, Eero berg, Vin Sipil, Teodor Koskenniemi, Eino Seppl, Armas Kinnunen, Lauri Virtamen… Y, sobre todo, ya en los años treinta, Lauri lehtinen (oro en 5.000 en Los Ángeles’32 y plata en Berlín’36) e Ilman Salminen (Oro en Berlín en 10.000, en un podio enteramente finlandés, en compañía de Arvo Askola y Volmari Iso-Hollo). Una lista abrumadora.

Nurmi, el mejor y más longevo de todos, una de las más grandes leyendas olímpicas, nació en Turku el 13 de junio de 1897. Su padre, un carpintero, había muerto cuando él tenía 12 años. Durante su servicio en el ejército en el verano de 1919, causó asombro cuando, con su rifle, pistoleras con munición llena y un saco de arena de cinco libras, terminó tan rápidamente una marcha de 20 km. donde estaba prohibido correr, lo que los agentes creían que había tomado un atajo.

Su triunfo en los 10.000 el 29 de julio de 1928, su novena medalla de oro, una hazaña que se habría considerado imposible si alguien hubiera pensado en ella hace años, no produjo en ella ninguna emoción particular. Se negó a ser entrevistado o felicitado y se salió de la pista sin una sonrisa o un gesto que delatara satisfacción u orgullo.

En cambio, se conmovió cuando, en la ceremonia inaugural de los Juegos de Helsinki en 1952, la multitud lo vitoreó roncamente al verlo entrar, a los 55 años y con su característico paso rítmico, al estadio portando la antorcha … entregada a Kolehmainen para que éste, que contaba 62, pudiera encender el caldero.

La llama recibe, como relevo, el legado de London ’48. Simbolizó una vez más la determinación de continuar con los Juegos Olímpicos sobre las tragedias que las guerras han traído consigo y convertirlo en un símbolo de paz. Y rinde homenaje a dos deportistas que los hicieron grandes en casa. Nurmi y Kolehmainen, dos finlandeses, representaban a toda la humanidad.

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