¿Se rompió algo?



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La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, durante un acto electoral el 28 de abril, en Valdemoro.
La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, durante un acto electoral el 28 de abril, en Valdemoro.Víctor Sainz

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Hay descuidos comprensibles y otros intencionales. Los primeros se explican por la inmediatez de la política contemporánea, que tiene poca memoria: todo sucede a gran velocidad y parece novedoso y sin precedentes. La historia se olvida rápidamente. Los segundos olvidadizos parecen interesados. En los últimos días se ha sugerido que «algo se ha roto» en la democracia española, que hemos llegado a un punto de inflexión: el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, la directora de la Guardia Civil, María Gámez, y la ex vice El presidente Pablo Iglesias recibió sobres con balas y amenazas de muerte. La líder de Vox en Madrid, Rocío Monasterio, se negó a condenar estos hechos en la SER, y Pablo Iglesias abandonó el programa.

El hecho de que un representante público reciba balas y amenazas de muerte no es solo preocupante para una cuestión humana; también es una forma de coerción que le impide hacer su trabajo libremente. Como escribió la filósofa Judith Shklar, «la condición de la posibilidad de libertad es la ausencia de miedo». Es una situación muy grave, pero lamentablemente no es una novedad en la historia reciente de España.

Durante décadas, los consejeros del PSOE y del PP en el País Vasco han tenido que vivir con un miedo mucho más grave y paralizante: el miedo a morir. Su miedo estaba bien fundado (ETA mató a 24 asesores). La violencia no fue simbólica y la polarización no fue «emocional», pero condujo a asesinatos. Solo han pasado trece años desde el asesinato del concejal del PSE Isaías Carrasco, dos días antes de las elecciones generales de 2008. ¿Existe la posibilidad de que vuelvan a producirse asesinatos políticos en España? Es inprobable. Por eso es frívolo considerar que lo que vivimos hoy no tiene precedentes.

En España, hay cosas que se han roto durante mucho tiempo. La polarización no llegó en 2021. Al citado terrorismo vasco hay que sumar el nacionalismo catalán, que rompió la convivencia a un nivel mucho más preocupante de lo que vemos hoy en Madrid: en otoño de 2017 había un miedo real a la violencia y durante años el Los políticos de la no independencia han recibido amenazas, han sufrido ataques a su sede y han sido expulsados ​​violentamente del espacio público.

Cuando Vox, que radicalizó su discurso autoritario y racista en estas elecciones, afirma condenar «toda violencia», para no condenar la amenaza a Pablo Iglesias, cae en el mismo malabarismo cínico, gamberro y siniestro de quienes justificaron el terrorismo vasco por décadas. Con una gran diferencia. Vox justifica una amenaza; Quienes celebraron la liberación del exlíder de ETA Josu Ternera hace menos de un año están defendiendo a alguien a quien han hecho más que amenazar.

La polarización actual es asfixiante, pero aún no es irrespirable. Para sobrevivir, no debemos caer en frivolidades que tienen más que ver con el ciclo político inmediato y la guerra cultural exacerbada y tóxica que con el fin de la democracia. La histeria no tiene memoria; historia si.