Tras el susto, el mejor Nadal



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Tras el susto el mejor Nadal

La preocupación conduce felizmente a una reacción extraordinaria, porque Rafael Nadal siempre se levanta a tiempo. El español aprieta los dientes, se dirige al centro de la cancha y celebra en forma de cruz, con los brazos en alto. Pero primero esquivó un buen estrangulamiento. Diego Schwartzman, un viejo conocido, lo llevó a la primera situación comprometedora en este Roland Garros, plácido hasta que el intrépido argentino hizo un lío y arañó un set. Hay fuego, pero no fuego. El español responde al ataque con un brutal asalto y el viernes disputará su decimocuarta semifinal en el gran francés, ante Novak Djokovic o Matteo Berretini (convocados a las 20.00 horas).

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Chatrier redescubre la alegría; incompleto, pero alegría al final del día. Tras la edición del desierto del año pasado y las primeras cinco eliminatorias silenciosas, la tribuna central está parcialmente ocupada – de los 1.000 espectadores autorizados hasta ahora, este miércoles sube a 5.000 debido a la moderación de las restricciones sanitarias en París – y el ajetreo colorea lo inhóspito paisaje de los días anteriores. El ruido, el estruendo, los gritos vuelven. Hay un rumor, la pista es otra historia. «¡Diego, Diego, Diego!» Exultan a Schwartzman, que hoy cuenta con el favor de los parisinos por haber echado pimiento e intentar recuperar un poco la historia. Aún lejos de aquellos tiempos volcánicos, los sonidos caen como agua bendita sobre el Chatrier.

Independientemente de las circunstancias, triste el último mes para Schwartzman porque los contratiempos fueron una constante en la gira de tierra, el argentino nunca se arruga. Sentirse más o menos bien, siempre proponiendo y asumiendo riesgos, afrontando partidos abiertamente y compitiendo sin especulaciones, con una transparencia que a veces no te ayuda. Lo ves venir. Y Nadal, astuto como cualquiera en el territorio de la interpretación, lee entre líneas a lo que apunta el Peque: aceleración y frenada, cambios de altitud, de vértigo a pausa para ver si de esta forma puede enganchar al gigante. Sin embargo, los conoce a todos y en cuanto a su rival tiene un balón corto, arma el brazo y lo descarga todo para ir concretamente a la victoria. Hay amistad, no me importa.

Así es como el español suma los dos primeros a la caja rompe y toma el primer set, luciendo una muñeca y una bofetada a una bofetada. Resuelve el hueco inicial en el segundo, de 0-3 a 3-3, imperial como tantas veces. Sucede que Schwartzman, un diablillo que juega al tenis como ángeles y pelotas con un aguijón en la raqueta, los obliga a jugar varios partidos dentro de un partido. Independientemente de quién eres o qué Clasificación ocupar, requiere pensar permanentemente. Buenos Aires es un juego de sudoku. En la anterior se refería al sol – «la pelota va más alta, y eso beneficia a Rafa» – y cuando intenta esconderse detrás de las nubes que pasan sobre el cielo de Chatrier, el mallorquín sufre un impacto notable y el rival crece y crece.

«¡Diego, Diego, Diego!» Celebra el centro, con ganas de marchar y más tenis. «En muchas partes del mundo les tienen mucho cariño a los argentinos», razona, apreciado aquí y allá, muy respetado ya que su figura (1,68 de altura) y su propuesta (cerebral) representan una absoluta excepción en un deporte en el que manda desde el torres y bombarderos, con muy pocas líneas ya libres. El Peque es uno de ellos, y por eso Nadal siempre se expresa con admiración, calificándolo como uno de los mejores del mundo. ES.

No es fácil verle pasar un mal momento así cuando está en Baleares. No en Paris. Schwartzman aprieta y aprieta, ganando el segundo set tras un palo de Nadal en el momento más inoportuno. La contra, entonces, se detiene: hay 36 sets consecutivos entre el vendido en la final de 2019, ante Dominic Thiem, y este que le arrebata el argentino. El récord sigue siendo 38, entonces. Se dirige a la silla cabreado por unas bolas dudosas que no se le cayeron de lado y las hace con el juez, Damien Dumuosos; está nervioso y empapado, se cambia de uniforme murmurando, y el exceso de impulso hace que el logo se alinee correctamente en la gamuza. Raro en Nadal.

Durante mucho tiempo, el duelo transcurre por un hilo fino. Piensan, no pocos, en ese encuentro de hace tres años, en los barrios, cuando Schwartzman ya le había dado una manga y la lluvia definitivamente había interrumpido ese episodio. Entonces Nadal salió con gracia, y lo vuelve a hacer porque poco a poco se recupera, tonifica su saque y su tiro natural hace retroceder varios metros al rival; a partir de ahí, tan lejos de la red y tan cerca del muro, el panorama cambia por completo. Schwartzman (28) se convierte en una amenaza real y resiste hasta que con 4-3, adelante en el tercer set, el mallorquín (35) dice basta y reacciona en forma de huracán.

Nadal está de vuelta, Nadal extiende sus alas. Muestra el tuyo Sierra. Llega la liberación. Se rompe para 5-4 y produce una ráfaga bestial de nueve juegos seguidos sin mirar atrás, presionando el acelerador. La resistencia de Schwartzman se deshilacha con cada crochet y finalmente vuela por los aires. El epílogo se convierte en un recital. En momentos de mayor incertidumbre, cuando la cuerda se aprieta más y la ocasión lo requiere, Nadal cambia de tamaño y emerge. Siempre ha sido así. Así vuelve a suceder frente al loable El Peque. Por si hubiera alguna duda.

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