Una moción de censura que divide a la derecha y une al gobierno



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Portavoz de Vox en el Congreso de los Diputados, Iván Espinosa de los Monteros.
Portavoz de Vox en el Congreso de los Diputados, Iván Espinosa de los Monteros.Fernando Alvarado / EFE

Nadie sabe hasta dónde puede llegar la pandemia y nadie puede adivinar hasta qué punto es probable que se intensifique la podredumbre política en España. Con el país hablando de un posible toque de queda, el Congreso de los Diputados vuelve este miércoles a la batalla diaria, esta vez cubierta con toda la solemnidad de un debate extraordinario: una moción de censura, la quinta de la democracia. La extrema derecha, después de meses de calentar en la calle, se pone de pie en la tribuna parlamentaria para proclamar que ya es una alternativa de gobierno. Vox y su líder, Santiago Abascal, esperan la nominación como su gran trampolín, aunque los efectos pueden ser contradictorios: dividir a la oposición y facilitar que los socios gubernamentales arrinconen sus diferencias.

Este martes en el Congreso no ha sido una mañana fácil para Cuca Gamarra. El portavoz del PP quiso hablar sólo de lo que «interesa a los españoles»: nuevas leyes para hacer frente a la pandemia, la reforma del poder judicial, la negativa del líder de Podemos Alberto Rodríguez a declarar como acusado en el Tribunal Supremo … Gamarra ha Insistió en estas cuestiones y los reporteros le preguntaron solo qué hará su partido cuando se vote la moción Vox y, con ella, la candidatura de Abascal en La Moncloa.

El representante del PP ni siquiera pudo precisar si el grupo parlamentario se reuniría para llegar a un acuerdo. A primera hora de la mañana, todos habían entendido a Gamarra en TVE que lo que se había decidido era que el líder popular, Pablo Casado, sería el portavoz del debate. Al mediodía esto tampoco estaba claro. «En política, nada es definitivo», dijo. Y, por si no estaba claro, firmó: «Lo que pase en las próximas horas se marcará en las próximas horas».

La fiesta contemplativa

El malestar del PP ante el calvario de Vox es evidente. Abascal se ha devorado gran parte de su electorado en dos años y entre los populares no hay unanimidad en la receta para combatirlo: ni para diferenciarse muy claramente ni para hacer un guiño a ver si los votantes pródigos vuelven a casa. Atrapados en estos líos, los populares han optado en los últimos días por no hablar de la cuestión, por proclamar, como Casados ​​el lunes, que la moción de la que hablas «no nos importa nada». Lo único que consiguieron fue que el hermetismo o la indecisión del PP se ha convertido en el gran problema en vísperas de una moción de censura que, además, ya ha cantado el desenlace: previsiblemente Vox no tendrá más apoyos de sus 52 diputados.

Así, mientras el PP intentaba concentrarse en «lo que interesa a los españoles», los mítines no hablaban de otra cosa que de la moción. Y el portavoz de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, comentó, con gesto entre caballero y contrito: “El PP lideró primero a la oposición. Ahora es un juego contemplativo, me recuerda al mugido de las vacas mirando al Cantábrico ”.

Mientras se desarrolla el duelo, parece muy difícil que la derecha no salga del trance más dividido, lejos de la foto de Colón. El tercer protagonista de esa imagen, Ciudadanos, lleva mucho tiempo desmantelado y en su caso no hay duda de que votará con un no rotundo a Abascal. «Lo único que lograrán es aumentar la tensión y que el gobierno salga más fuerte y unido», acusó el vocero del partido, Edmundo Bal.

El ejecutivo trabajará para consolidar este sentimiento. Frente a un descarado que gritará contra los «socialcomunistas» -la expresión aparece 23 veces en las 28 páginas del texto de su moción-, el gobierno ha decidido no solo no esconderse sino mostrar su carácter de coalición. El Ejecutivo tiene la facultad de intervenir en cualquier momento del debate y ya se ha decidido que, además de Pedro Sánchez, también la utilizará Pablo Iglesias.

Se acerca el momento de presentar los Presupuestos, cuya negociación ha provocado tensiones en el Consejo de Ministros y que aún no ha garantizado el apoyo a la Cámara. La unidad frente a Vox, incluso con socios externos de investidura de su lado, será una ventaja para que el Ejecutivo cree un clima favorable.

Un programa para Abascal

Los grupos más a la izquierda intentaron perfeccionar su ingenio verbal para burlarse de Vox. «Esto es una fantasía», proclamó Íñigo Errejón, de Más País. «Una batalla campal en la Plaza de Colón», seguido por Pablo Echenique, de Unidas Podemos; aunque ambos están lejos de la agudeza familiar de Gabriel Rufián, de ERC: «Es el estreno de Torrente VI». Esquerra y EH Bildu intentaron impulsar un plan: renunciar a sus intervenciones y dejar en paz a Abascal. El gobierno no los apoyó. «Es necesario abordar el discurso enormemente peligroso de la extrema derecha», justificó Echenique.

Los promotores de la moción hacen poco por ocultar su carácter fundamentalmente propagandístico. Intervenir sin límites de tiempo con todos los medios enfocados en ellos es una oportunidad única, repiten. También aprovecharán para presentar a su candidato a la Generalitat y actual diputado por Barcelona, ​​Ignacio Garriga, que hablará en nombre de los 52 firmantes de la iniciativa. La intención no es muy diferente a la que impulsó a Iglesias a presentar una moción de censura contra Rajoy en 2017: presentarse como la verdadera oposición a costa de su competidor más cercano, el PSOE por Podemos, el PP por Vox.

En cualquier caso, Abascal deberá aprobar el examen de desenmascaramiento de un programa de gobierno hasta ahora oscurecido. El dirigente de Vox no es conocido precisamente por su vocación proactiva, lógica en alguien que hasta el año pasado admitió que no le interesaba «el plan urbanístico ni el horario escolar» sino «el honor, el patriotismo y cosas por el estilo». «. Pero esta vez «hablará de cosas distintas», prometió Espinosa de los Monteros. «Será nuevo y sorprendente».

Lo que es poco probable que sea nuevo o sorprendente es el ambiente tenso que se espera en el Congreso. Los portavoces se han resignado al hecho de que la lucha se vuelve inevitable. Veremos cosas nunca antes vistas en el parlamentarismo español … ¿Qué significa eso? El deseo lo lanzó Rufián, el diputado que un día levantó una impresora de su silla.